Hace unos meses tuve la oportunidad de colaborar con una asociación de personas sin recursos en unos de los barrios más marginados de Granada. Personas que viven en la calle, que llevan consigo todos sus recuerdos y pertenencias y que no saben si quiera si ese día comerán algo o encontraran un refugio para poder dormir seguros y abrigados. Ha sido una de mis experiencias más duras pero al mismo tiempo, más enriquecedora a nivel personal.

Íbamos a hablar de autoestima, de confianza. Difícil tarea para un auditorio que carecía no sólo de las bien conocidas necesidades básicas de Maslow sino peor aún, que la habían tenido sobradamente cubiertas durante muchos años de su vida y que ahora recordaban al referirse a ellas, como en otra vida.

La dinámica de la reunión, entre tantas tragedias personales, se hizo emocionalmente dura y lenta. Recuerdo la participación de dos de ellos, dinamizando al grupo, animando en cada intervención, sonriendo al hablar, pluralizando las pequeñas victorias diarias. Cuando estábamos acabando la reunión uno de ellos se me acercó y después de darme las gracias (¡él a mí!) me dijo ” Rafael, a pesar de todo esto, yo soy feliz“.

¿Qué es lo que le hacía ser feliz si su situación no variaba mucho del resto?

Supo darme una lección práctica que recuerdo cuando leo artículos o libros académicos sobre felicidad, “Sé lo que tengo, sé cuál es mi realidad pero también sé cómo puedo encontrar momentos a lo largo de un día que me haga feliz, yo soy positivo”. Esta actitud positiva sin perder la noción de la realidad le permite, sin él saberlo, gestionar sus expectativas de ahí que sus días no le resultan frustrantes. Ha aprendido a andar ligero valorando lo que tiene o lo que puede llegar a tener.  Terminó diciéndome que él estaba seguro que algún día tendrá otra oportunidad porque “yo la estoy buscando”

Y la felicidad es eso, desarrollar las habilidades que nos hagan identificar la cantidad de cosas, situaciones, o experiencias que nos producen bienestar para, al acabar el día, sentir cuánto de feliz he sido hoy.  Nos sorprenderemos lo poco que podemos necesitar para conseguirlo.

De nada sirve abrir una ventana a la felicidad porque no está fuera, está dentro de cada uno de nosotros. Ser feliz no cuesta poco, cuesta mucho pero su valor no se calcula con dinero, sino con compromiso. Compromiso con uno mismo, con los demás y con la vida.

Mi mayor enseñanza sobre la felicidad me la dio una persona que no tenía móvil.

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